Editorial: Editorial Díaz de Santos
Número de páginas: 224 págs. 23.0 x 15.0 cm
Fecha de edición: 23-02-2026
EAN: 9788490525807
ISBN: 978-84-9052-580-7
Precio (sin IVA): 24,04 €
Precio (IVA incluído): 25,00 €
Muchas de las certezas que damos por sentadas en la vida cotidiana se ven profundamente cuestionadas por la creciente complejidad del mundo actual, marcado por fenómenos como los “Cisnes Negros” (eventos impredecibles de alto impacto) y los “Rinocerontes Grises” (riesgos evidentes pero ignorados), así como por la rápida evolución tecnológica, la digitalización y el poder de las redes sociales. En este contexto, los riesgos no desaparecen; por el contrario, al persistir en el tiempo pueden interactuar entre sí, generando nuevas situaciones desconocidas y difíciles de gestionar. Si estas interacciones se consolidan, dan lugar a riesgos emergentes que desafían los enfoques tradicionales. Uno de los hallazgos clave es que, en entornos caracterizados por la incertidumbre profunda, la desinformación, el desconocimiento y la complejidad, resulta imposible medir con precisión los riesgos o establecer relaciones causales claras. Por ello, los modelos predictivos basados en datos históricos pierden utilidad, y la gestión del riesgo debe replantearse radicalmente. Este libro propone un marco práctico para seleccionar herramientas de gestión de riesgos según tres dimensiones: el nivel de conocimiento disponible, la complejidad del entorno y la calidad de la información. Esta guía ayuda a analistas y tomadores de decisiones a elegir los métodos más adecuados para cada situación, evitando errores comunes derivados de aplicar enfoques estándar en contextos inadecuados. La gestión de riesgos ya no puede limitarse a mitigar amenazas o evitar vulnerabilidades —una postura propia de organizaciones frágiles—, sino que debe orientarse hacia la construcción de resiliencia (capacidad de recuperarse) e incluso antifragilidad (capacidad de mejorar ante la adversidad). Para lograrlo, las organizaciones deben transformar sus estructuras: abandonar modelos jerárquicos rígidos y ciclos anuales de planificación inflexibles, y adoptar en su lugar equipos modulares, ágiles y autónomos, capaces de aprender, adaptarse y reaccionar con rapidez. Los sistemas tradicionales —centrados en metas fijas, evaluaciones semestrales y decisiones centralizadas por consenso— funcionan bien en condiciones normales, pero fracasan ante crisis complejas o eventos extremos. Por eso, el objetivo último de la gestión del riesgo debe ser mantener, e incluso mejorar, el desempeño organizacional frente a la incertidumbre. Las organizaciones verdaderamente preparadas no solo resisten las crisis: las aprovechan como catalizadores de transformación.
