Campos, Álvaro de
Pessoa, Fernando
Marina, Luis María
(ed.)
Editorial: Olifante
Número de páginas: 120 págs.
Fecha de edición: 01-12-2025
EAN: 9791399002577
ISBN: 979-13-990025-7-7
Precio (sin IVA): 14,42 €
Precio (IVA incluído): 15,00 €
Conocí a mi maestro Caeiro en circunstancias excepcionales, como lo son todas las circunstancias de la vida, y sobre todo aquellas que, no siendo nada en sí mismas, llegan a serlo todo por sus resultados. Abandoné mi curso de ingeniería naval en Escocia cuando había completado casi las tres cuartas partes; partí a Oriente; al regreso, desembarqué en Marsella y, como me producía un gran tedio seguir, vine por tierra hasta Lisboa. Un primo mío me llevó un día de paseo al Ribatejo; conocía y tenía negocios con un primo de Caeiro; en casa de ese primo me encontré con el que se convertiría en mi maestro. No hay nada más que contar, porque esto es pequeño, como toda fecundación. Puedo verlo aún, con claridad del alma que las lágrimas del recuerdo no empañan, porque la visión no es externa…
Lo veo frente a mí, quizás siga viéndolo eternamente como lo vi aquella primera vez. Primero, los ojos azules de niño que aún no conoce el miedo; después, los pómulos algo prominentes, la tez algo pálida, y el extraño aire griego, una calma que le brotaba de dentro, no de fuera, porque no venía de la expresión ni de las facciones. El cabello, casi abundante, era rubio, pero, cuando escaseaba la luz, tiraba a castaño. Era de estatura media, tendiendo a alto, pero cargado de hombros. Tenía el gesto blanco, su sonrisa era como era, su voz, monótona, se proyectaba con el tono de quien solo busca decir lo que está diciendo, en voz ni alta ni baja, clara, libre de intenciones, de dudas, de modestias. Su mirada azul no sabía dejar de mirar. Si al mirarlo echábamos algo de menos, pronto lo encontrábamos: la frente, sin ser pronunciada, era poderosamente blanca. Repito: su blancura, que parecía mayor que la de la pálida cara, le otorgaba majestuosidad. Las manos delgadas, pero no demasiado; las palmas largas. La expresión de la boca, lo último en que uno reparaba –como si hablar fuese, para este hombre, menos que existir–, era la de una sonrisa como la que se atribuye en el verso a las cosas inanimadas y bellas solo porque nos gustan –flores, campos amplios, aguas con sol– una sonrisa de existir, y no de hablar. ¡Mi maestro, mi maestro, qué pronto se marchó! Vuelvo a verlo en la sombra que soy de mí, en la memoria que conservo de lo que tengo de muerto… Sucedió durante nuestra primera conversación. Cómo sucedió, no lo sé, él dijo: «Hay aquí un muchacho, Ricardo Reis, le gustará conocerlo, es tan diferente de usted». Y acto seguido añadió: "todo es diferente de nosotros, y es por eso por lo que todo existe". Esta frase, dicha como si fuese un axioma de la tierra, me sedujo con un escalofrío, como el de cualquier cosa que se posee por primera vez, y que penetró hasta los cimientos de mi alma. Pero, al contrario de la seducción material, el efecto que produjo en mí fue el de recibir de repente, en todas mis sensaciones, una virginidad que nunca había tenido.
(fragmento)
